Neus Carbonell – Cerebro o síntoma

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El paradigma de las neurociencias se sostiene en la afirmación: “somos nuestro cerebro”, de manera que el cerebro se supone el órgano creador de cualquier indicio humano: percepción, conciencia, sentimiento, acto, voluntad. Bajo la aparente simpleza de esta afirmación subyacen algunas paradojas. Para empezar podríamos preguntarnos: si el cerebro se es—es decir, no se tiene— ¿cómo, entonces, antecede a lo humano? ¿Es el cerebro, pues, humano? ¿De qué entidad se trata? ¿Qué óntica para el cerebro?

Nada en común con el psicoanálisis de orientación lacaniana, que afirmaría en todo caso “somos nuestro síntoma”. A saber, hay sujeto en tanto ha habido una respuesta al real, respuesta que ha devenido síntoma. No hay para el psicoanálisis otro destino posible al ser que habla.

El aforismo de las neurociencias “somos nuestro cerebro” supone, asimismo, un real a la espera de su desciframiento. La ciencia mantiene en el horizonte la promesa de  la lectura de ese real, ahora o más adelante. Es por esta suposición que el padre de un niño autista espera que la ciencia pueda desvelar el enigma del autismo cuando se puedan hacer biopsias de cerebros vivos. Somos nuestro cerebro es, pues, una afirmación teleológica y totalitaria: cuando lo conozcamos todo acerca del cerebro, lo sabremos todo sobre nosotros mismos. Aunque quizás no esté tan claro. Ha hecho falta inventar un nombre científico para la contingencia: la noción de plasticidad neuronal es ahora el nombre de lo que todavía no está escrito.

Hay algunas terapias de la palabra, incluso algunas orientadas por el psicoanálisis, que se alejan de la ciencia proponiendo  lo que podemos llamar “narrativas de vida”. Basándose en los efectos de verdad que pueden generar los “relatos de vida”, su propuesta podría formularse con un aforismo del tipo: “somos la ficción que construimos sobre nosotros mismos”. En palabras de Jacques-Alain Miller, en estos casos se percibe “la experiencia analítica bajo la forma de una narratología […] como la construcción de una ficción que tiene efectos de verdad”. Con ello se deja de lado el real mismo de la palabra, el goce del síntoma. De manera que estas terapias pueden incluso hacerse compatible con las neurociencias. Ambas comparten la idea de un real que no obstaculiza nada, bien porque puede leerse en las neuronas y las sinapsis del cerebro, bien porque puede simbolizarse en la ficción de una narrativa.

Nada en común entre cerebro e inconsciente. El ser que habla está destinado a tener que vérselas con un goce opaco y sin sentido, con aquello que no cesa de no escribirse y que solo la contingencia puede hacer legible en un destello. Para el psicoanálisis, entonces, no hay un “somos” común y posible. Más bien, se trata de comprobar cada vez cuál fue la respuesta a un real que propició el advenimiento de un sujeto. Es entonces que el ser que habla, uno por uno, podrá saber algo de aquello con lo que no sabe cómo hacer.

El partenaire-síntoma, Buenos Aires: Paidós, 2008, p. 61

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