Anaëlle Lebovits-Quenehen – Del dualismo de las sustancias a la corporeidad de lalangue

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En unos meses, nuestra comunidad de trabajo se reunirá alrededor del tema: « El inconsciente y el cerebro. Nada en común ». Y en efecto, el inconsciente no es el cerebro. ¿Confundirlos? ¡ Qué idea tan extraña cuando uno lo piensa! Pues, o bien el inconsciente existe y se distingue entonces del cerebro que se conoce y estudia desde  mucho antes que Freud hubiera descubierto el inconsciente, o bien no existe y se distingue entonces del cerebro en la medida en que el cerebro sí existe.

Dicho esto, muchos científicistas desearían relegar la invención freudiana y lacaniana a los márgenes del cerebro [1], negándola de este modo. Materialistas y reduccionistas reducen la realidad solamente a la materia cuyo conocimiento responde a los criterios de cientificidad. Como el inconsciente no responde a estos criterios, deducen que no existe como tal.

Una vuelta por Descartes se impone entonces para reformular los términos del problema que los cientificistas plantean, a veces sin ni siquiera percibirlos, haciendo trabajo de epistemólogos como el señor Jourdain hace prosa sin saber*. Pues Descartes plantea claramente en sus Meditaciones que el alma y el cuerpo son dos sustancias distintas, presentando un dualismo que prohíbe la confusión entre los dos órdenes que son el cuerpo por una parte y el espíritu (o el alma) por otra. Si le seguimos por ese camino, está claro que el cerebro pertenece al cuerpo, cuerpo diseñado según el  modelo de una máquina. Pero el cerebro no tiene entonces  ya nada en común con el alma, el espíritu. El cuerpo orgánico está definido por  ser extenso, se  despliega en el espacio geometrizado partes extra partes, en ese espacio que  escapa desde entonces al mundo cerrado  y  abre  al universo infinito [2], asustando a un Pascal por el silencio que ahí reina. El alma, por ser inmaterial, escapa a este espacio.

Pero Descartes en su sexta Meditación, concibe una tercera sustancia [3] que consiste en la unión del cuerpo y del espíritu « El alma no es  un piloto en su nave », afirma en una fórmula que se ha vuelto célebre. Esta tercera sustancia toma nota de que por  muy distintos que sean el alma y el cuerpo, esas sustancias se encuentran y se confunden ciertamente en una tercera. Descartes inventará que el alma y el cuerpo se juntan en un lugar extraño, la glándula pineal localizada en los  márgenes del cerebro [4]. Esta curiosa localización del punto de contacto entre dos órdenes que todo los opone inspira decididamente a ciertos reduccionistas. Enseguida aspiran el alma entera en la glándula pineal y, tras el alma, el espíritu, la consciencia, y luego el inconsciente. Según los materialistas reduccionistas, lo que llamamos el alma, el espíritu, la consciencia o el inconsciente escapando al registro de la ciencia moderna, no existen. Lo que existe es el cuerpo, en el único sentido del organismo, y del que el cerebro forma efectivamente parte. El resto es una ilusión.

Pero, a contrario, la tercera sustancia de Descartes abrirá también la vía a Merleau-Ponty que se refuerza con ello para erigir la unión del alma y del cuerpo (después la carne del mundo que esta unión contaminará) en condición sine qua non de todo saber verdadero – inclusive el científico.

Sabemos que Kant, por su parte, abordaba la cuestión afirmando que si el cuerpo orgánico tal como se nos presenta solo se puede conocer bajo la especie del fenómeno, entonces se puede, e incluso se debe creer que el alma existe. No obstante ello no degrada dicha creencia a un rango subalterno, puesto que lo convierte en un imperativo categórico, necesidad ética que tiene valor de saber.

Entonces ¿cómo subvierte Lacan la pregunta planteada a través de veinticinco siglos de filosofía? Primero, conviene señalar que el inconsciente no es ni el espíritu, ni el alma, ni la consciencia. Es cierto que un enfoque demasiado rápido de la primacía de lo simbólico que caracteriza la primera parte de su enseñanza nos podría hacer creer que los términos cambian, pero que el problema planteado por Descartes perdura, pues el inconsciente tiene más que ver con el espíritu que con el cuerpo.  Sin embargo, la enseñanza de Lacan ve crecer la afirmación del goce del cuerpo (que se distingue del acceso al organismo).Todo cuerpo viviente (desde el humano hasta la planta) goza. Aquí también podemos considerar que lo simbólico, por una parte, y lo real del goce, por otra, repercuten en el dualismo de las sustancias  desplazándolo. Freud consideraba el concepto de pulsión como un « concepto límite » entre lo psíquico y lo somático. La pulsión es para Freud un analogon de lo que la glándula pineal es para Descartes.

Pero según avanza la enseñanza de Lacan, más se destaca y afirma el goce que conllevan las palabras. Así es como Lacan afirma la materia, la corporeidad de las palabras. Y esto es verdad desde el principio de su enseñanza. En su « Discurso de Roma » ya pone en valor que el lenguaje es « cuerpo sutil, pero es cuerpo » [6]. Y su enseñanza elucida esta afirmación a medida que el valor de signo del significante se precisa.  

« Es totalmente cierto que en función de la manera en que la lengua fue hablada  y también escuchada  por tal o cual, en su particularidad, que algo volverá a surgir luego […] en toda suerte de tropiezos, en toda suerte de maneras de decir. Es, si me permiten emplear este término por primera vez, en ese motérialismo donde  reside el asidero del inconsciente » [7]. Mas que materialista, Lacan se dice moterialista. Una letra separa estos dos términos, pero entre esos dos enfoques, hay un mundo. La lengua toca al cuerpo e informa su modo de gozar reenviándonos a la corporeidad de la lengua hablada y oída que afecta de esa manera corporalmente al sujeto.

Lacan señala en efecto que el cuerpo humano parece un colador en el que  la lengua ha dejado algunos residuos: « que un niño diga quizá, todavía no, antes de que sea capaz de construir verdaderamente una frase, prueba que hay en él algo, un colador que se atraviesa, a través del cual el agua del lenguaje llega a dejar algo tras  su paso, algunos detritos con los que jugará, con los que tendrá necesariamente que arreglárselas » [8]. Cuerpo-colador a través del cual la lengua pasa dejando desperdicios que el parlêtre tendrá que utilizar. Ese es el cuerpo afectado por lalangue. Es a partir de esos residuos que un sujeto se orientará para habitar el mundo, incluso cuando la cosa sexual se introduzca fraudulentamente y lo convoque a renovar su manera de alojarse en él. « Es eso que le deja toda esa actividad no reflexiva  los añicos, a los que más tarde, pues es  un prematuro, se le agregaran los problemas de lo que le espantará. Gracias a esto hará la coalescencia, por así decirlo, de esta realidad sexual y del lenguaje. » [9]

¿Acaso un analista imagina en serio decir que el inconsciente existiría sin el organismo humano (del que  forma  parte el cerebro)? ¿O que se puede hacer un análisis sin disponer de un organismo ni de un cerebro? Seguro que no. No obstante,  pretenderá de buena gana que las palabras que afectan – tanto las que hieren como las que reaniman – no dejan de tener incidencia en este organismo. También sostendrá que la experiencia clínica da fe de que los equívocos de lalangue  (los  que se  encuentran hasta en su nombre o apellido) que también afectan al cuerpo, son completamente de otro orden que el cerebro – ciertos científicos que tienen el viento en popa podrían tomar nota de ello.

[1] Esto no impide que algunos de entre ellos sean además auténticos científicos.
[2] Según el título de Koyré .
[3] Descartes habla de la unión de las dos sustancias que son el alma y  el cuerpo considerando que están « estrechamente» unidas e incluso por una unión sustancial.
[4] La glándula pineal está predispuesta para localizar la unión en tanto que  es la parte la más « desligada », sutil, inmaterial del cuerpo.
[5] Sobre Descartes, referirse a  Meditaciones metafísicas y al muy notable Descartes, la métaphysique et l’infini, Paris, PUF, coll. Epiméthée, Mars 2017 de Dan Arbib.
[6] Lacan J., Escritos, T 1, Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, siglo XXI, ( segunda ed. 1972), p.118
[7] Lacan J., Conférence à Génève  sur le symptôme,  La  Cause du désir, N°95, dir. Christiane Alberti, Paris, Navarin, 2017, p. 13.  Traducción al español por  Diana S. Rabinovitch, en Jacques  Lacan “Intervenciones y Textos 2 , ed. Manantial, Buenos Aires, 1988 (segunda ed. 1991), p. 126
[8] Ibid,
[9] Ibid, p.129

*N. d T. – Expresión de Molière en “ El burgués  gentilhombre” , Acto II, escena IV  ;  el señor Jourdan acaba de saber que a partir de ahí, todo lenguaje será clasificado, según la forma en que se diga, en poesía o en prosa, y se regocijó al constatar que él hacía siempre prosa sin saberlo.   

Traducción : Adela Bande-Alcantud

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