Giuliana Capannelli – Inconsciente versus cerebro

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Si hay un concepto fundamental en el psicoanálisis, éste es sin duda el inconsciente.

Es a partir del descubrimiento del inconsciente que Freud funda el psicoanálisis y que la teoría psicoanalítica da sus primeros pasos. El tema no ha dejado de interesar. Aunque el discurso se complica, ya sea porque con Freud tenemos una articulación compleja del concepto de inconsciente, que no puede ser reducido a ser el contrario de la conciencia y que con el progreso de su elaboración teórica asume múltiples significados; o ya sea porque se puede ciertamente afirmar que el concepto mismo de inconsciente constituye uno de los nudos fundamentales del cual parten distintos psicoanalistas. Es un papel tornasol de los diferentes puntos de vista entre las distintas corrientes psicoanalíticas post freudianas, cada uno con su colorido. Los matices nos hablan de elaboraciones discordantes. Freud, por su parte, ha abierto la posibilidad a multiplicidad de interpretaciones.

Así no nos maravilla que se pueda hablar del inconsciente como un contenedor de lo reprimido o del inconsciente como el reverso de lo consciente, de la parte irracional o instintiva o de la sede de las pulsiones, hasta llegar a un inconsciente como conciencia implícita, un inconsciente procedimental y uno cognitivo. Las consecuencias clínicas no se hacen esperar.

Tomemos por ejemplo, entre otros, esta definición que circula en la web: “El inconsciente es sin duda uno de los conceptos más fascinantes del pensamiento moderno porque representa un extraño depósito dentro de nuestra mente donde está contenida nuestra experiencia más auténtica de la realidad, aún cuando esté ubicado fuera de nuestra conciencia y de nuestro control”.  

Un “extraño depósito” dentro de la “mente” donde está contenida “nuestra experiencia más auténtica de la realidad” pero que permanece fuera de nuestro control (1). Por lo tanto: si nuestra realidad más auténtica está depositada en alguna zona oscura de nuestra mente, la tarea del análisis será la de acercarse a ese inaccesible para poder finalmente extraer nuestro verdadero Yo. Hurra!

En esta visión ingenua y dicotómica sin embargo, la referencia a la mente, no obstante un cierto reclamo a la materialidad, no es todavía consustancial al cerebro.

Las neurociencias en cambio, incluso en las gradaciones de los diversos enfoques, parten del tema de base de la coincidencia entre mente y cerebro y ponen en relación el inconsciente con la mente, como si los procesos mentales y los procesos inconscientes fueran de la misma naturaleza. A muchos esto les ha parecido también muy útil para rehabilitar al viejo Freud que, con el paso de los años, había sido un poco dejado de lado. Las neurociencias, que tienen el salvoconducto científico y por consiguiente son consideradas automáticamente válidas, harían de puente para confirmar la teoría psicoanalítica, como si fuera necesario pasar a través de esta aceptación de la ciencia para tener prueba de la validez del psicoanálisis.

Psicoanalistas del calibre de Massimo Ammaniti respaldan plenamente tal propósito y, precisamente sobre el concepto de inconsciente, subrayan la novedad aportada por las neurociencias cognitivas: “El cambio es radical, el inconsciente no representa solamente un crisol de pasiones  incontrolables y de deseos destructivos, sino que puede ser concebido como una estructura mental coherente y activa que nos ayuda a valorar continuamente las experiencias que vivimos, y a las cuales respondemos con nuestros esquemas interpretativos. Este inconsciente relacional estaría fundamentalmente vinculado al hemisferio cerebral derecho, que es fuertemente activo en los primeros años de vida. Y tal vez esto daría razón a Freud, que en su libro Proyecto de una psicología concebía la mente estrechamente enraizada en el cerebro” (2).    

Por lo tanto se habría pasado de la idea de un inconsciente incontrolable y reino de pasiones a alcanzar un inconsciente relacional, como “estructura mental coherente y activa” radicada en el cerebro.

Si el psicoanálisis es esto, hacen bien nuestros detractores en cantarnos las cuarenta.  

En la línea marcada por Lacan y sostenida no sólo por Miller, no hay modo de conciliar lo psíquico y lo orgánico, no hay espacio para reducir la estructura psíquica subjetiva al material neuronal propuesto por las neurociencias, ni para hacer del inconsciente un resultado de la dimensión psíquica: “es sólo por un abuso de los términos que se confunde lo psíquico y lo inconsciente” escribe Lacan en La instancia de la letra (3).

Una vez más ciencia y psicoanálisis se encuentran en dos direcciones paralelas no coincidentes: una apunta a lo universal, la otra a la particularidad subjetiva.

Con Lacan tenemos la posibilidad de extraer una enseñanza radical de Freud sobre el inconsciente que nos aleja de la idea romántica del inconsciente como la sede de las pulsiones más recónditas o de su confinamiento en un lugar de memoria, haciéndolo sobre todo un hecho de palabra como dice el famoso pasaje lacaniano “el inconsciente está estructurado como un lenguaje” y como subraya Lacan tantas veces también en otros contextos (4).   

En la entrevista de Eric Laurent aparecida en Lacan Quotidien n°576 (5), viene muy bien explicado qué significa este aforismo lacaniano a partir del último Lacan, aquel relativo al cuerpo hablante, que nos ha abierto la definición del inconsciente real. El tema ha sido focalizado magistralmente por Jacques Alain Miller  en la introducción al Congreso de la AMP de Río del 2016 en el cual se aborda el pasaje del inconsciente freudiano al parlanteser lacaniano y por lo tanto el pasaje del inconsciente como expresión de un deseo, como metáfora, como significante, a un inconsciente como goce, como fuera de sentido, como agujero del saber.

En este incesante movimiento de  reordenamiento del concepto de inconsciente, que tiene lugar a partir de la práctica clínica y de las modificaciones del discurso del padre (6), las mallas de las neurociencias más que liberarnos nos aprisionan. Si conseguimos no ceder, a éste como a otros cantos de sirena,  no dejaremos de sorprendernos de la potencia innovadora del psicoanálisis, a pesar de quienes anuncian su desaparición.

El inconsciente, por su parte, es la evidencia más candente de este real del discurso que no ha sido aún escrito, que no puede encontrarse nunca igual a sí mismo o encarnarse en un orden ya dado y sólo es susceptible de nuevas invenciones, una por una. El inconsciente uno todo solo por excelencia.

Traducción: Luciana Fracchia Sardi
Revisado por Nelda Ajo Murray

  1. https://www.valeriorosso.com/2017/03/22/sigmund-freud-inconscio-psicoanalisi/.
  2. https://www.spiweb.it/stampa/rassegna-stampa-2/rassegna-stampa-italiana/linconscio-e-il-suo-destino-dopo-freud-la-repubblica-25-maggio-2016/.
  3. J. Lacan, La instancia de la letra en el inconsciente, en Escritos Vol I pag. 509, Einaudi 1974.
  4. Vea: La instancia de la letra, op. cit., pag. 517 y Discurso de Roma, en Lacan, Otros Escritos, pag. 139, Einaudi 2013.
  5. http://www.lacanquotidien.fr/blog/wp-content/uploads/2016/04/LQ-576.pdf.
  6. Vea: M-H Brousse, Inconsciente, en El orden simbólico en el siglo XXI, pp. 138-140, Scilicet, 2012.

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