Gustavo Dessal – Un ejemplo de estupidez artificial

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Una de las falacias actuales de las neurociencias es la de asimilar la “mente” a los procesos algorítmicos de un ordenador. En un corto lapso hemos pasado de las metáforas del cerebro concebido como un sistema operativo de altísima sofisticación, a las metáforas de los superordenadores capaces de replicar un cerebro humano o de “cargar”  la “mente” de una persona y alojarla en una especie de vida digital eterna. Las unas y las otras son metáforas que rebosan un optimismo fraudulento, enunciadas con asertividad performativa, responsables a su vez de la expansión global del cientificismo. Su principal peligro reside en que su carácter  ficcional se confunda con una literalidad empírica, distorsionando así tanto las expectativas respecto de la tecnología como las necesidades que vendría a satisfacer. Es el caso, por ejemplo, de creer que la memoria en el sentido informático del término es equivalente a la memoria en el plano del ser hablante. Una vez más, nos encontramos ante el terrible y demiúrgico poder del lenguaje: no solo en lo que respecta a lo que se dice, sino también al lugar desde donde se habla.

El 22 de junio de 1955, Jacques Lacan pronunció una conferencia titulada “Psicoanálisis y cibernética, o la naturaleza del lenguaje”[1]. Se trataba de articular, en una época en la que la informática se hallaba aún en sus inicios, la posible relación entre las ciencias y el psicoanálisis, apoyándose en la concepción sobre el lenguaje que el psicoanálisis extrae de su experiencia. Si algo aproxima el psicoanálisis a la cibernética, es un modo de apresar el concepto del lenguaje a partir de una combinatoria significante: “Sabemos bien que esta máquina no piensa. Somos nosotros quienes la hemos hecho, y ella piensa lo que se le dijo que pensara. Pero si bien la máquina no piensa, está claro que nosotros mismos tampoco pensamos en el momento en que hacemos una operación. Seguimos exactamente los mismos mecanismos que la máquina. Aquí lo importante es percatarse de que la cadena de combinaciones posibles del encuentro puede ser estudiada como tal, como un orden que subsiste en su rigor, independientemente de toda subjetividad”[2]. La independencia de toda subjetividad se aproxima a la concepción del inconsciente como un saber sin sujeto. Y más adelante añade: “Para que el lenguaje nazca es preciso que se introduzcan pobres cositas tales como la ortografía, la sintaxis. Pero todo esto está dado al comienzo, porque estos cuadros son precisamente una sintaxis, y por eso podemos hacerles efectuar operaciones lógicas a las máquinas.

En otros términos, en esta perspectiva, la sintaxis existe antes que la semántica. La cibernética es una ciencia de la sintaxis, y su función es que nos demos cuenta de que las ciencias exactas no hacen otra cosa que enlazar lo real a una sintaxis”. La importancia dada a la sintaxis, esto es, al juego posicional del significante, es lo que pone al sentido en un plano de subordinación. ¿Cómo alcanzamos el sentido? Puesto que la máquina, según Lacan, enlaza la sintaxis a lo real, mientras que el inconsciente añade algo más: la dimensión del sentido. “Aquí interviene un hecho inestimable que la cibernética pone en evidencia: hay algo que no se puede eliminar de la función simbólica del discurso humano, el papel que en ella desempeña lo imaginario. Los primeros símbolos, los símbolos naturales, salieron de una cantidad de imágenes prevalentes: la imagen del cuerpo humano, la imagen de unos cuantos objetos evidentes como el sol, la luna, y algunos otros. Y esto es lo que confiere su peso, su resorte y su vibración emocional al lenguaje humano”[3]. No será ésta la última consideración sobre el lenguaje, pero ya podemos apreciar el esfuerzo por aislar algo que es propio de la relación entre lenguaje e inconsciente. En esta ocasión, se trata de lo imaginario, el registro que conecta el símbolo con el cuerpo. No se trata, entonces, solo del binario ausencia-presencia, cero-uno. Es preciso recordar que tenemos un cuerpo. “¿En qué consiste el azar del inconsciente, que el hombre tiene en cierto modo detrás de sí?”[4] El azar del inconsciente (y el hecho de tenerlo detrás alude sin duda al lugar del psicoanalista) consiste en el hecho de que la palabra que habrá de ser dicha no puede predecirse, pero una vez pronunciada se demuestra que no podía ser otra. Eso es, en suma, aquello en lo que consiste el inconsciente. “En el juego del azar va a probar sin duda su suerte, pero también leerá en él su destino. Advierte que allí se revela algo que le es propio, más aún, diría, cuando no tiene a nadie enfrente”[5]. No tiene a nadie enfrente, porque lo tiene detrás.

Pero si esa palabra posee un sentido que le es propio, y por ende intransferible, es porque está anudada al cuerpo. El cuerpo es la sustancia gozante que separa el inconsciente de la cibernética, y que hace objeción a toda conjetura sobre volcado de datos en súper ordenadores.

  • Incluida en el Libro II, El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica.
  • cit: pág. 449
  • cit: pág. 452
  • cit: pág.443
  • ibid
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