Marco Focchi – Una memoria de campeonato

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Uno de los campos en los cuales las neurociencias prefieren ejercitarse es el de la memoria. Digo ejercitarse porque se trata propiamente de ejercicios atléticos: existen verdaderas carreras de memoria, y uno de los campeones actualmente más acreditados es Boris Nicolai Konrad, un neurólogo que ha conseguido memorizar 280 palabras, 195 nombres y caras en 15 minutos. Había escuchado hablar de nemotécnica en la época universitaria, ha pensado en aplicársela para facilitarse los estudios, le ha ido bien y ha comenzado a participar en competiciones. La nemotécnica no es la última novedad del mundo moderno, ya que se remonta a  Simónides de Ceos quien al acabar una cena, la casa en la que se celebraba se derrumbó aplastando los cadáveres hasta tal punto que los participantes quedaron irreconocibles, consiguió recordar los nombres de cada uno a partir del puesto que ocupaban en la mesa durante el banquete. La nemotécnica es una técnica del locus. Se necesita tener por ejemplo una casa de muchas habitaciones, en cada una de estas se dispone el elemento que se quiere recordar, se hace mentalmente el recorrido por las habitaciones y se encuentran poco a poco los elementos retenidos. Recordar es por tanto recorrer. Los palacios de la memoria que fueron construidos por los oradores romanos, Cicerón es el ejemplo eminente, se transforman ahora bajo el toque de los neurocientíficos en complejas arquitecturas neuronales. El cerebro de los campeones es analizado con técnicas de imaginografía para individualizar los esquemas de conexión entre las neuronas, descubriendo – ¡sorpresa! – que las diferencias entre los campeones y la gente normal no son tan relevantes.     

Naturalmente nos podemos preguntar para qué sirve adquirir la capacidad de memorizar listas de muchos nombres, más allá de para participar en un campeonato. Porque este tipo de memoria es una memoria de listas, de elementos discretos que se pueden contar y objetivar. La memoria de la vida, la memoria inconsciente es totalmente otra cosa. Los recuerdos que nos interesan en la experiencia psicoanalítica son esencialmente los recuerdos encubridores, es decir paradigmas, esquemas de relación que insisten y que se reproducen en la vida del sujeto influenciando las elecciones, las decisiones, la orientación. A la memoria de campeonato le falta aquello que constituye la esencia de la memoria viva, la que nos acompaña en los momentos de alegría y de dolor: la posibilidad de olvidar. No podemos recordar nada si no podemos también olvidar.

Lo preocupante es que los neurocientíficos, por ejemplo en la Universidad de Columbia, han comenzado también a pensar en la posibilidad de olvidar, pero a su modo: es decir, han considerado la posibilidad de olvidar los recuerdos traumáticos, disociando – gracias a un fármaco que todavía no existe pero del cual no dudamos que próximamente se fabricará – la experiencia del signo que lo inscribe en nosotros. Por ejemplo: si he sido agredido y al mismo tiempo un perro estaba ladrando, el ladrido del perro sucesivamente, fuera del contexto traumático, en los más diversos momentos de la vida cotidiana, despertará el recuerdo traumático. Así pues se trata de disociar el ladrido del perro de la sensación de miedo vinculada al ataque sufrido.

Se ve así enseguida cuál es el problema: un recuerdo, para las neurociencias, es un objeto manipulable, no es una experiencia subjetiva que inseparablemente forma parte de mi, que me constituye y respecto al cual la cuestión no es liberarse de ello, como si fuera el ladrillo excedente de una construcción, sino darle un lugar, reintegrándolo en el ritmo esencial de mi vida.

Traducción: Luciana Fracchia Sardi
Revisado por Donato Bencivenga

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