Enric Berenguer – Blanca: la niña que no era su cerebro

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Hace mucho, mucho tiempo, una niña vino a verme. La llamaré Blanca porque es el nombre que mejor dice la impresión de fragilidad que trasmitía. Pero también porque el blanco es un modo de nombrar lo que para ella constituía el síntoma que motivó nuestros encuentros. De ella se hubiera podido decir, con una frase del poeta catalán Gabriel Ferrater: “vens d’on no recordes” – vienes de donde no recuerdas.

Blanca era un prodigio. Había un contraste inexplicable para los médicos entre la imagen de su cerebro – que evidenciaba graves lesiones – y la levedad de las secuelas que presentaba. Sin embargo, no siempre había sido así, porque había padecido hasta los cuatro años un cuadro epiléptico muy grave, refractario a la medicación. Luego, de repente, los neurólogos encontraron la fórmula que permitió controlar las innumerables crisis. Blanca renació. Y, para sorpresa de todos, una serie de carencias en su desarrollo, que habían sido consideradas irreversibles, parecieron disolverse, si no por completo, en su mayor parte. Ello no fue sin un periodo de lucha activa en la que ella consiguió recuperar gran parte del tiempo perdido de su primera infancia.

Pero aquellos años transcurridos entre las brumas de su epilepsia habían dejado en Blanca una huella angustiante. Tenía miedo, decía, porque no se acordaba de nada. La angustia la atenazaba a menudo y tenía en ella efectos importantes de inhibición.

Conocí a su madre, que me pareció una mujer admirable. Me habló de la tremenda angustia y la desesperación que ella y su marido habían padecido hasta que se produjo el milagro. Y a su manera supo contarme el modo en que ellos habían conseguido, a pesar de todo, estar ahí. Le dije que se notaba y que no me cabía duda de que esto era una de las razones de que Blanca hubiera conseguido su proeza.

Pero la madre de Blanca estaba preocupada por el futuro de su hija. Ahora tenía diez años, pero ¿cómo se iba a enfrentar con la adolescencia una niña que parecía marcada por la carencia irrecuperable de las experiencias que no había podido tener? De algún modo, el vacío ominoso que había presidido los primeros años de Blanca se proyectaba en su futuro, como si una inocencia irremediable la dejara a merced de todos los malos encuentros, además de poner en duda su inteligencia, su capacidad. Aquellos “agujeros en su cerebro” se traducían en agujeros en su vida. Era como si todo aquello de lo que era capaz, dejando de lado discretas limitaciones, no fuera posible, no fuera verdad.

Ella, a solas conmigo, me dijo algo que corroboraba estos temores de la madre. Me contó que tenía miedo porque, según ella, no tenía recuerdos, sentía como un agujero a sus espaldas que la hacía sentirse muy insegura. El blanco en sus recuerdos – en algún momento habló de niebla – era para ella como una mancha y le producía una mezcla de miedo, inseguridad y sentimiento de culpa, como si se sintiera obligada a tener una memoria de la que, según ella, carecía. Otros niños, comentaba, hablaban de cosas de cuando eran pequeños y ella nunca sabía qué decir, es como si sólo pudiera hablar de lo que había sido su enfermedad. Y no sabía si se lo inventaba.

Durante el tiempo en que vino a verme, hizo algunos dibujos para plasmar los muy pocos recuerdos que decía tener. Eran dibujos de escenas domésticas, con una niña en la cama y con sus padres cerca. Comentando un dibujo, me llamó la atención su forma de presentarlo. Dijo no estar segura de que eso fuera un recuerdo porque todo era muy confuso, borroso. Y añadió que no sabía si había sido algún sueño. Pero sí sabía que sus padres estaban allí. Le dije que en la distancia no es tan fácil distinguir los recuerdos de los sueños y destaqué que había algo, en efecto, de lo que se sentía segura. En sucesivos encuentros pude añadir que quizás nadie tiene tantos recuerdos y que con muy pocos basta.

Un día Blanca me dijo que se sentía mejor y que prefería quedarse jugando en vez de venir a verme. Acogí sin insistir esta declaración de su derecho al olvido. Creo que algo pude contribuir a que pudiera olvidarse de su cerebro. Y a que su madre dejara reposar en un cajón aquellos scanneres cuyas imágenes influían demasiado en su forma de ver a su hija, aunque, preciso es reconocerlo, no le habían impedido amarla con un amor genuino.

Tras todos estos años transcurridos, tenemos cada vez más motivos de preocupación por el modo en que falsos nombres para el sujeto (diagnósticos reducidos a siglas epidémicas) le imponen la interpretación de un determinismo como la cifra de un destino. Esto afecta muy particularmente a la primera infancia, época en la que tanto estos significantes como la proliferación de “neuroimágenes” – cuya precisión visual fascinante adquiere un valor de falsa evidencia cuando se extraen del contexto y los límites en los que su uso es conveniente y legítimo – se incrustan en el devenir de la vida interponiéndose entre el niño y sus padres, alentando sus fantasmas más tristes y llevándolos a una dimisión encubierta.

Siguiendo el ejemplo de Blanca, reivindicamos al sujeto que es capaz de olvidarse de su cerebro para asumir todo el valor de aquello de lo que es capaz, de lo que tiene y de lo que es. Lo cual implica, por supuesto, situar su responsabilidad, reconocer su margen de decisión dentro de lo que le es posible a partir de sus condiciones concretas. El deseo no está en el cerebro. Es inseparable de la capacidad de decisión inalienable que ciertas ideologías encubiertamente autoritarias pretenden negar haciendo un mal uso de la ciencia. Las leyes de un supuesto determinismo sustituyen a la dimensión de una ley propiamente humana, convertidas en normas ciegas que se pretenden imponer, borrando así la singularidad sin la cual el ser de palabra no puede vivir.

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