Margarita Álvarez – Ultimi barbarorum

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Cada vez recibimos a más personas a las que previamente han diagnosticado un trastorno, que se considera vinculado con un fallo en el funcionamiento de algún neurotransmisor, y por el que se les ha prescrito un tratamiento farmacológico. A veces estas personas no vienen a análisis para rebatir dicho diagnóstico sino para tratar el impacto que ha tenido sobre ellas tales palabras que les reducen a ser objetos pasivos de una enfermedad y de un tratamiento.

Éste fue el caso de Mario quien consultó después de que un psiquiatra remitiera su angustia a un exceso de producción de noradrenalina. También le prescribió ansiolíticos, advirtiéndole que eran para toda la vida, y que si en algún momento se creía curado y los dejaba, recaería. Él tenía un problema de regulación de las emociones por un problema hereditario -le explicó-, pues ya su propio padre lo había tenido en tanto era un maltratador. Mario no puso en cuestión tales palabras pero me pidió una cita porque se sentía muy desanimado y triste desde entonces: siempre había intentado no ser como su padre.

El despliegue de las asociaciones permitirá situar pronto el fantasma de ser maltratado en la coyuntura de irrupción de la angustia. El partenaire infernal se presentaba para él en especial bajo la forma del padre maltratador o la de la mujer caprichosa.

Su frase “Prefiero dejarme maltratar a ser un maltratador” situará la cuestión de ser maltratado en el eje de las preferencias. De hecho, recordará que se había enamorado de su novia cuando ésta le había dicho que la vida con ella era un infierno. Ello despejará la modalidad pulsional de hacerse maltratar en el punto de irrupción de la angustia, según la interpretación fijada en el encuentro con el goce. Ante la imposibilidad de la relación sexual, una condición erótica vinculada a la discusión con el partenaire, asegurará el goce.

Mario dejó de tomar los ansiolíticos por su propia decisión cuando el recorrido analítico le hizo estar seguro de que la causa de su angustia no se situaba en la materialidad de su organismo sino en la materialidad de las marcas del cuerpo pulsional. Saber del objeto en juego hizo cesar las crisis de angustia que señalaban su proximidad. Eso le permitió asimismo separarse de las palabras del psiquiatra que, en nombre de su supuesto bien, borraban su decir y sus elecciones, impidiendo hacer del malestar síntoma analizable.

Un psicoanálisis ayuda a separarse del deseo del Otro, el de la ciencia incluido, y a conocer algo del propio para ponerlo del lado de la vida. Pero separarse no quiere decir despreocuparse de él. Es necesario iluminar bien esa tierra oscura por donde, con la bandera de los ideales de la época, también los de la ciencia, llegan (tomando prestada la expresión de Spinoza) los Ultimi barbarorum, los últimos bárbaros, los nuevos, los que atentan contra la dimensión del sujeto y su dignidad: aquellos que ya están aquí y los que vendrán.

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