Marta Serra Frediani – ¡El cerebro en cuestión!

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Les recibí juntos solo dos veces. Vinieron a demanda de ella cuando descubrió que él gastaba cantidades ingentes de dinero en líneas calientes de teléfono.

Habían pasado unos años terribles después de un gravísimo accidente de él. El traumatismo craneoencefálico le tuvo, primero, entre la vida y la muerte; después en un largo coma y finalmente debió reaprender casi todo: comer, caminar, hablar, leer, incluso los nombres de los hijos, por tanto, también toda su historia… fueron cinco largos años.

Consultan cuando, estando ya casi totalmente recuperado, ella se topa con la factura del móvil que le descubre el goce secreto de él. A la entrevista, ella traía una pregunta que, al tiempo, se evidenciaba como tabla de salvación: ¿esta práctica sexual podía ser una secuela, una consecuencia más del accidente? Él no decía nada, pero con su silencio parecía sostener la creencia de su mujer.

De alguna manera, para ambos, encontrar en el maltrecho cerebro la causa de este nuevo drama era la posibilidad de eludir algo totalmente distinto: la responsabilidad del sujeto.

En la segunda entrevista, la esperanza puesta en el daño orgánico se había hecho añicos. Ella había buscado las facturas de teléfono anteriores al accidente y había encontrado idénticos gastos en líneas calientes. Con este nuevo hallazgo, el modo de goce de él se destacaba como casi lo único que había salido indemne del accidente. Había permanecido inmodificado, inmutable; no había requerido reeducación alguna.

No sabemos donde habita la pulsión, quizás por eso Lacan la hizo ser un eco, el eco en el cuerpo del hecho que hay un decir. Sólo si se está dispuesto a abordar esos decires que reverberan en el organismo humano es posible hacer una experiencia analítica. Sin duda alguna tenemos un cuerpo –y es una pertenencia del todo singular y fundamental, dado que constituye nuestra única consistencia– pero no somos un cuerpo. Nuestro ser está hecho de lalangue contingente a la que nacemos y de las elucubraciones que le aplicamos.

Los buenos y los malos encuentros se producen. Incluso los accidentes. Uno, evidentemente, puede no ser responsable de eso, pero sí es responsable de lo que hace con ello. Por ese motivo, en la experiencia analítica, no está concernido el cerebro como tal del sujeto sino su posición ética.

En un momento de esa segunda entrevista ella formuló una pregunta al aire: “¿por qué nunca me cuestioné sobre mi propia insatisfacción sexual en la relación con él?” y se respondió casi inmediatamente: “en cuanto fui madre… me olvidé de que también era mujer”. Ahora para ella ya no se trataba de la falta de él, sino de su propia responsabilidad.

El inconsciente, decía Lacan, es la memoria de lo que se olvida. No sé bien donde la ciencia querrá situar, en el cerebro, la memoria de lo olvidado, pero hagan lo que hagan, los psicoanalistas seguiremos dejándole la palabra al sujeto.

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