François Leguil – Cerebro e inconsciente

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La longevidad de las esperanzas puestas en el progreso de la ciencia del cerebro no es su menor interés: conlleva la idea de que algún día podremos prescindir de la hipótesis del sujeto del inconsciente, ya sea pasándola por alto, eludiéndola, o reduciéndola a quia (es decir, reduciéndola al silencio o a la incredulidad). Como todo lo que dura, no es una cuestión de moda, de época, menos aún de progreso tecnológico, sino de fe. Es una cuestión de fe, es decir, de creencia casi religiosa. Como tal, es una cuestión de anhelo que a veces equivale a la de la espera de esas redenciones que nos librarían del mal que es nuestra incompletud; de ese otro que nos llega por los dolores de los que no podemos ser rey; de aquél que hacemos, el de las faltas que una tripartición canónica identifica con aquél por el que seríamos culpables, mientras que muy a menudo nosotros vemos allí el nudo que los liga a otros sufrimientos en la causalidad de los síntomas.

Esta esperanza de poder prescindir un día de la hipótesis del inconsciente se manifiesta de dos maneras: elusión o reducción a quia. De la primera, Lionel Naccache, neurólogo de La Salpétrière e investigador del INSERM, hace casi diez años, dio uno de los ejemplos más significativos, casi conmovedor, sin duda sincero, en su libro Le nouvel inconscient, precisamente subtitulado: Freud, Christophe Colomb des neurosciences (1). Allí desplegó su hermoso sueño de que el agua y el fuego podían combinarse dirigiendo una investigación experimental que, lejos de olvidar a Freud o arrojarlo a la bolsa de la basura de la historia de las disciplinas fundamentales, establecería en cambio las pruebas orgánicas de la realidad del inconsciente. Prescindir de la hipótesis inventada por Freud, significaría, pues, hacer del inconsciente cognitivo algo incompatible con el de los psicoanalistas, pero también hacer de él algo ineliminable, dándole un lugar distinto del que le otorgó su inventor. En cierto modo, se trata de considerar el descubrimiento freudiano como un considerable compendio teórico, admisible en el eclecticismo de doctrinas que no se estorban más de lo necesario en la, claro está, enigmática complejidad del origen de las pasiones. Declarar incomparable a la obra metapsicológica freudiana permite que se la eluda admirándola. También permite mostrar que es evidente sin necesidad de comprometerse con ella, de hacer de ella alguna cosa que se localiza mejor gracias al establecimiento de pruebas generales que permiten prescindir de la prueba individual.

Hay otra manera de esperar prescindiendo de la hipótesis freudiana: la reducción a quia. La primera anuncia que la suposición del sujeto no ofende al ámbito neurológico, siempre y cuando queramos reposicionarla en el buen lugar. La segunda lidera la ofensiva asegurando que innumerables teorías pueden ser bienvenidas en la Última Cena de la Ciencia, siempre y cuando no sean freudianas. La paradoja es que si podemos hablar con los partidarios de la primera, sin dejar de ser rigurosos sobre lo que tenemos de «nada en común», resultará difícil hacerlo con los seguidores de la segunda, que no quieren escuchar nada, no sobre nosotros, sino sobre el tema, sobre el sujeto, es decir, sobre este supuesto que nos permite hacer caso omiso, o prescindir, de todo lo que se sabe con el fin de afrontar “lo real de un hombre al que hay que dejar hablar (2).

No es irrelevante que esta obturación, mucho más moral que cognitiva, se preconice ahora en París, en el Colegio de Francia, del que hemos recibido tantas enseñanzas decisivas a lo largo de nuestra vida. Cuando el presidente del Consejo Nacional Científico del Ministerio de la Educación Nacional, el profesor Stanislas Dehaene, escribió: «No pensemos que todos los niños son diferentes. La idea de que cada uno de nosotros tiene su propio estilo de aprendizaje es un mito. Las imágenes del cerebro muestran que todos tenemos circuitos y reglas del aprendizaje… Sólo conociéndonos mejor, podremos aprovechar al máximo los potentes algoritmos con los que está equipado nuestro cerebro… Cuatro eslóganes los resumen eficazmente: «Concéntrate totalmente»; «Participa en clase»; «Haz ejercicios»; «Aprovecha cada día y cada noche» (3), ¿qué otra cosa podemos hacer nosotros sino admitir que antes de tener ganas de hacer sonar la campana de alarma, se nos caen los brazos de desaliento? Tanta tecnología, tanto conocimiento, tanto dinero gastado, para semejante burrada desalentadora. La ciencia sin conciencia es sólo la ruina del alma, es esto lo que aprendimos en el colegio y el liceo. ¡Rabelais, vuelve! Se volvieron tontos.

Con los que piensan que la hipótesis freudiana puede ser «cerebrizada» podemos hablar para exponerles lo bien fundado de nuestro «nada en común», y hablar con ventaja frente a las exigencias de la verdad, (alegrándonos) de que se la pueda defender en las formas corteses de un torneo de la palabra (4). Pero contra los que creen que nada debe ser considerado de las singularidades subjetivas del fracaso, del sufrimiento y del simple malestar, no podemos hacer otra cosa que llamarnos al deber político de dar a conocer al mayor número de personas que este himno al cerebro es una empresa de descerebración, una forma de barbarie intelectual (5).

Traducción: Christian Roy Birch

(1) Naccache (L). Le nouvel inconscient. Freud, Christophe Colomb des neurosciences, Editions Odile Jacob, Paris, 2006.

(2) Lacan (J.), Le discours de Rome, in : Autres Ecrits, Editions du Seuil, Paris, 2001, p. 137 | Lacan (J.), El discurso de roma, en: Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 151.

(3) Dehaene (S.), Apprendre. Les talents du cerveau. Le défi des machines, Editions Odile Jacob, Paris, 2018, p. 315 et 318.

(4) Lacan (J.)  Propos sur la causalité psychique, in Ecrits, Editions du Seuil, Paris, 1966, p. 152.   | Lacan (J.), Acerca de la causalidad psíquica, en: Escritos 1, México: Siglo XXI, 2009, p. 152.

(5) Naccache (L), op. cit., p. 13.

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