Laurent Dumoulin – Zazie en el laboratorio

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«Cuando el Otro se acerca, hay que ser optimista como un genetista para creer que eso produce un efecto de solidaridad, para creer que eso conduce enseguida a reconocerse en él» (1)

«¿Perokiengozatanto?» (2) podría preguntarse en 2019 un Gabriel neurobiólogo aunque también, si soñamos un poco, orientado por Lacan. En efecto, a pesar de que las neurociencias esperan hacer de las pasiones humanas una cuestión del organismo, se debe constatar que por el momento se trata como mucho de una tentativa de localización o de identificación de las mismas, al modo del «Usted está aquí» que tranquiliza al turista en tierra desconocida.

En los albores de los años 70 Lacan formaliza el discurso de la ciencia y señala su dimensión universalizante. El cuestionamiento de los semblantes que organizaban hasta entonces el mundo hace que las diferencias y las particularidades se diluyan, al punto que, puesto que cualquier hombre equivale a cualquier otro, surge el angustiante enigma del ser. Lacan saca las conclusiones lógicas : «Nuestro porvenir de mercados comunes encontrará su contrapeso en la expansión cada vez más dura de los procesos de segregación» (3). Cincuenta años más tarde, constatamos que acertó.

Si el ideal del universal insiste para la ciencia, el ser parlante no cesa de confrontarse a la absoluta extrañeza de su propio goce. En este plano, el «para todos» y su derivado, el particular, fracasan. En el reino del goce reina lo singular más absoluto y radical. Agujereando el saber, lo que se goza del cuerpo permanece propiamente irreconocible. El racismo, como fenómeno del discurso segregativo, es una tentativa -para lo peor- de tratarlo. Designar y excluir un otro que goza de la manera incorrecta, sustrae al serhablante  de lo insoportable del punto donde no puede reconocerse.

Para el genetista, el racismo es científicamente falso: a nivel de los genes, no hay razas. El optimismo del genetista, del que habla Jacques-Alain Miller, consistiría en pensar que la ausencia de un sustrato orgánico para la segregación fundamentaría con razón el apaciguamiento de la «pasión del ser» (4) que es el odio. El somos todos orgánicamente iguales haría al Otro reconocible como semejante.

Lacan, por su parte, hace de la raza un hecho discursivo y  en ello se relaciona con la verdad: «la raza de la que hablo no es la que una antropología sostiene por decirse física […] Ella se constituye por el modo en que se transmiten según el orden de un discurso los lugares simbólicos» (5).

Lacan supo, al construir la categoría de discurso, recordarnos su peso estructural y que se impone a cada uno. De este modo, lo que se transmite vía el discurso no se puede descartar sin más. Se debe tener en cuenta que el Otro, en esta perspectiva, no se reduce a lo mismo.

Mientras que el cerebro consiste como órgano, el inconsciente, de estar estructurado como un lenguaje, existe. He aquí una primera disyunción, un primer «nada en  común». Demos un paso más: ¿cómo aprehenden el científico y el psicoanalista el objeto de su práctica? ¿Consideran de la misma forma el cerebro y el inconsciente?

Aunque existan debates sobre la influencia del tamaño, de la forma o incluso del género, para las neurociencias los cerebros son todos iguales en el sentido de que un cerebro funciona como cualquier otro. A veces se constata un trastorno: se trata de una variación con respecto a una norma, potencialmente rectificable por diversos medios en contacto con el organismo. El cerebro se aprehende entonces a partir de los registros universal y particular. Hay algo extrapolable y exportable. El neoliberalismo no se priva, además, de servirse de este «para todos» para encontrar una extensión del mercado de los aparatos de prótesis para el órgano.

El inconsciente, por su parte, como muestran nuestros congresos y publicaciones, sólo se aprehende en singular. El psicoanálisis se interesa esencialmente en lo que hace absolutamente único e intransferible a un caso. El hueso del asunto radica precisamente en ese «sin medida común», en ese incomparable. Esta absoluta singularidad se sigue de la dimensión contingente en la que las palabras nos han marcado. A lo largo de su enseñanza Lacan no cesa de insistir sobre esta dimensión de tuché, central en el encuentro de las palabras y el cuerpo, señalando cómo es «en este moterialismo (materialismo de la palabra) donde reside el asidero del inconsciente» (6) : el inconsciente está hecho de pedazos de lengua dispersos con los que cada uno se las arregla. Dado que corresponde a la marca que dejó tal palabra sobre el cuerpo, cicatriz indeleble y sin porqué, pero que el serhablante bordeará con una ficción, el inconsciente es testigo de la soledad radical de aquel que habla: es, en tanto tal, ese «nada en común».

Traducción de Melina Cothros
Relectura de Carla Bianchini

  1. Miller J.-A., « Les causes obscures du racisme », Mental, n°38, noviembre 2018, pp. 148-149.
  2. Cf. Zazie en el metro, novela de Raymond Queneau.
  3. Lacan, J. (1967), «Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela», en Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 276.
  4. Lacan, J. (1953-1954), El Seminario, Libro 1. Los Escritos Técnicos de Freud, Buenos Aires, Paidós, 1981, p. 394
  5. Lacan, J. (1972), «El atolondradicho», en Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 486.

Lacan, J. (1975), «Conferencia de Ginebra sobre el síntoma», en Intervenciones y textos 2, Buenos Aires, Manantial, 1988, p. 126.

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