Alan Rowan – ¡El cerebro es político!

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A principios de los años 70 la frase Lo personal es político sirvió como grito de guerra para las feministas, que argumentaban que muchas de las maneras que las mujeres se sentían insatisfechas con sus vidas no podían reducirse a problemas personales, sino que estaban relacionadas con una posición desigual de la mujer en la sociedad y, por lo tanto, en el sistema de relaciones de poder. El resultado de esto fue la constatación de que muchos de los problemas vividos por las mujeres como intrínsecos a sus vidas no podían ser modificados por soluciones personales, sino que requerían, además, un cambio sociopolítico.

Hoy, casi 50 años después, nuestro mundo simbólico se ha visto alterado sustancialmente, posiblemente para peor. Los niveles globales de pobreza y guerra pueden haber disminuido, pero el capitalismo acumulativo y su socio ideológico, el neoliberalismo, reinan libremente, el nacionalismo de extrema derecha y los discursos de odio ganan terreno y nuestro ecosistema está amenazado en todas partes, especialmente por el cambio climático. En este contexto se producen avances científicos y técnicos imparables, muchos de los cuales aumentan nuestro aislamiento subjetivo (por ejemplo, nuestras «pantallas»), creando un mundo donde los sujetos, reducidos a consumidores individuales, ya no pueden encontrar una manera de ocuparse de lo que es común. Marcando una distancia de los años 70, esto se manifiesta hoy como una dificultad para comprometerse con formas de acción colectiva en favor de comunidades más amplias.

En este contexto, la investigación del cerebro consume recursos financieros enormes y forma parte de la «gran ciencia»- prometiendo avances incalculables en términos de entender «objetivamente» lo que significa ser humano. Pero la ciencia, incluso cuando trata de descubrir lo real de nuestro universo, impactando de esta manera y de forma fundamental en nuestra conocida «forma de vida», nunca está exenta de valores, especialmente cuando se trata de las llamadas «ciencias humanas». Esto es, en primer lugar, evidente en cuanto al tipo de cuestiones que plantea la neurociencia para la investigación, que invariablemente se centran en aislar y cartografiar la actividad cerebral en lugar de buscar más relatos que contemplen múltiples aspectos sobre las complejas experiencias humanas del mundo real. En segundo lugar, surge un sesgo de valor en relación a cómo se expresan, transmiten y despliegan sus hallazgos – a menudo de forma dramática- y con qué consecuencias.

Sin embargo, lo que la investigación neurocientífica aquí ignora sistemáticamente es el hecho de que el cerebro tiene un «propietario» y, al hacerlo, crea poco a poco una forma de «poder disciplinario» que busca tomar posesión de la manera en que nos vemos a nosotros mismos. Esto sucede por la forma en que inscribe nuestras «experiencias vividas» en su red de significados o «estructuras de sentido» (Foucault, 1995. P.65), una forma de poder que opera, no a través de prohibiciones, sino formando un horizonte de sentido – presentado como entendimientos dados por sentados. Por lo tanto, afirmar que el cerebro es político, funciona como un desafío, cambiando los discursos y ofreciendo una forma en la que uno puede «apoderarse» de lo que de otra manera, de más está decir, amenaza con convertirse en una hegemonía.

Las formas principales en las que hoy, la apelación culturalmente dominante a dar explicaciones del comportamiento humano basadas en el cerebro nos privan de nuestros derechos como sujetos son las siguientes:

  1. Al negar o minimizar el hecho de que al entendernos a nosotros mismos como humanos, usamos explicaciones basadas en razones, intenciones, propósitos, valores, imaginaciones y percepciones que no pueden reducirse a fenómenos basados ​​en el cerebro sino que representan niveles psicológicos de explicación emergentes que pueden aplicarse sólo a personas enteras (y no a partes localizadas del cerebro). Esta tendencia explicativa de los neurocientíficos ha sido llamada la falacia mereológica.
  2. Al negar o restar importancia al hecho de que los fenómenos sociales, como un aumento repentino en tasas de suicidio o actos de racismo, no pueden explicarse por cambios en el cerebro humano, sino que requieren que formulemos explicaciones a nivel sociológico, social y político referidas a factores como la discriminación, la marginación social y / o las influencias ideológicas.
  3. Al negar o minimizar nuestra responsabilidad y sentido de agencia en relación a las “formas de vida”, y el sufrimiento correlativo, que posibilitamos individual y colectivamente, y para las que es posible que necesitemos buscar una solución o “cura”. En otras palabras, decir que todo está causado fundamentalmente por estados cerebrales significa que cualquier forma de mejora de vida o «cura» requiere, no nuestra intervención sino, en última instancia, ajustes biológicos y neuroquímicos en nuestro cerebro.
  4. Negando o minimizando lo que sabemos, dado que saber no es una actividad del cerebro sino de los seres humanos. Por ejemplo, como dijo el filósofo Nagel (1974), una cosa que sí sabemos es que hay algo en la experiencia consciente de uno mismo que es como tenerla o ser en ella. Esta «sensación cualitativa» o propiedad privada / subjetiva de la experiencia marca, además, un contraste fundamental con las acciones, programadas y realizadas, por los llamados «cerebros de la IA» cada vez más sofisticados.  

Por supuesto, al establecer lo anterior, es importante hacer una distinción entre condiciones necesarias y suficientes. El cerebro es, obviamente y sin lugar a dudas, una condición necesaria para la vida mental, pero eso no es lo mismo que decir que puede dar cuenta satisfactoriamente de las condiciones suficientes para que ocurran tales procesos, y es en esta misma brecha que, como psicoanalistas, situamos el lenguaje y el «ser hablante».

Traducción: Ivana Maffrand y Nelda Ajo Murray

Referencias

Foucault, M. (1995). Discipline and Punish: The Birth of the Prison. Trans. A. Sheridan. Palgrave, Macmillan.

Nagel, T. (1974). What is it like to be a bat? Philosophical Review, 83, 435-450.

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