Rose-Paule Vinciguerra – La neuroestética, ¿enseña algo del sentimiento estético?

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La palabra “neuroestética” fue propuesta hacia el año 2001 por Semir Zeki [1], un especialista en el cerebro visual de los primates del University College de Londres. En el 2007, el riquísimo Wellcome Trust donó un millón de libras esterlinas para crear el primer Instituto de Neuroestética del mundo. En el año 2009, en Alemania, la Fundación Europea de la Ciencia dedicó uno de sus prestigiosos coloquios exploratorios a este nuevo campo. Asimismo, la Sociedad Max Planck para el Desarrollo de la Ciencia –una de las organizaciones científicas más grandes del mundo– se dispone a fundar un Instituto de Estética Empírica.

Esta nueva disciplina, la neuroestética, busca las «bases neuronales del placer estético». Para ello, observa primero un fenómeno (una percepción estética) y luego explora cómo el funcionamiento del cerebro podría explicar este fenómeno. De este modo, se puede describir la red neuronal que subyace a los fenómenos psicológicos, aunque ya se conozcan tales fenómenos. Así, frente a una pintura occidental de arte figurativo, habría percepción de los colores, luego disposición de las formas en el espacio y, finalmente, movimientos de la mirada del espectador en relación con las figuras [2]. Luego vienen las exploraciones funcionales del cerebro.

Althusser hablaba de una filosofía espontánea de los científicos. Ahora bien, lo que se da por sentado aquí es la doxa psicológica, pero, entre esos «científicos», todo sucede como si la doxa emanara de modo directo, empíricamente, de las imágenes. De hecho, es sólo en una segunda fase, después de que estos fenómenos han sido reconocidos a nivel psicológico, que las neurociencias utilizan la física de la luz, la química de los materiales utilizados, la fisiología de la percepción visual [3] para analizar la interpretación que el cerebro hace de ellos.

Esta filosofía espontánea, sin embargo, pretende ser una especie de ontología (somos nuestro cerebro) y promueve una física determinista de la causalidad (el cerebro produce la cultura). A este respecto, incluso si la neurociencia es capaz de revelar a través de la IRMf [4] lo que ocurre en el cerebro (por ejemplo, cuando uno sueña), aún queda la cuestión del «sentido» que una obra de arte puede producir, a fortiori, la cuestión de la polifonía del sentido, del equívoco, del sentido en tanto que falta, la del «ab-sentido»*

Así, siguiendo la idea de S. Zeki según la cual los propios artistas serían neurólogos que se ignoran a sí mismos, Michel Paysant [5], creador del eye drawing, hace dibujos grabando con equipos sofisticados los movimientos de sus ojos frente a un modelo, movimientos que se plasman directamente como líneas superpuestas en una pantalla que constituye su lienzo; pero una vez terminado el dibujo, éste no dice nada sobre lo que su autor podría haber querido decir. Él puede creer que está dejando allí rastros de un sujeto, pero ¿en qué sentido es un sujeto? A menos que se considere que las variaciones de los movimientos de sus ojos están guiadas por su pensamiento inconsciente. ¿Pero qué inconsciente? Ciertamente no es el de su fantasma, porque ningún fantasma puede ser elaborado sin la inserción de un sujeto en un discurso. En este sentido, todos podríamos ser artistas. Este cuadro ¿sería entonces un puro efecto del cuerpo mezclado con la máquina? Pero el efecto híbrido “ciborg” no puede en absoluto dar cuenta del goce del cuerpo, cuya marca, en cualquier caso no puede inscribirse. Además, no hay ningún efecto estético en esas líneas entrecruzadas que simplemente evocan la forma exterior observada. Es lo contrario del “objoie” [6] de Francis Ponge. Pareciera que el efecto buscado se reduce a demostrar las proezas técnicas de la neuroestética. Sucede que la visión es una cosa y la mirada otra. Para que se produzca un efecto estético, al final tiene que producirse la experiencia en la que el pintor liga su visión con su mirada. Esto lleva al espectador a experimentarse, como dice Lacan, bajo la mirada del pintor.

Así, la neuroestética asimila el sentimiento de lo bello al placer de lo agradable, al bienestar sensorial. En este sentido, el juicio estético no puede sino vincularse, in fine , al circuito cerebral de la «recompensa» desde un punto de vista adaptativo. Esto es lo que J.-P. Changeux llama la satisfacción de los «deseos» [7].

En cuanto al displacer que provoca lo que es feo, sólo se lo considera desde el punto de vista de lo desagradable. La corteza orbitofrontal está en juego para lo «bello» y la corteza motora para lo «feo» – aunque se admite que muchas otras áreas del cerebro están implicadas en el juicio estético. ¿Pero cómo se explica entonces que el displacer experimentado en un primer momento (por ejemplo, al encontrarse frente a un cuadro violento de Picasso como “Grand nu au fauteuil rouge” o frente a los monstruos de Goya) pueda, sin embargo, formar parte de una emoción estética?

Si la belleza y lo agradable son distintos, ¿la belleza no sería más bien, como decía Lacan, lo que “nos detiene” cuando nos acercamos al “campo central del deseo” [8]? Y continuaba: “lo bello […] tiene por efecto el suspender, el disminuir, el desarmar, diría, el deseo. La manifestación de lo bello intimida, prohibe el deseo.” [9] De este modo, lo bello no satisface el deseo confundido con la necesidad – como cree demostrarlo la neuroestética –, sino que produce lo contrario, la “extinción o atenuacion del deseo” [10]. Agreguemos que, lejos de adosarse a un objeto, el sentimiento estético produce una “disrupción de todo objeto” [11], como lo señaló Lacan al referirse a Kant, para quien el juicio puro del gusto es puro de todo interés relativo a la existencia del objeto [12].

*juego de palabras entre ausencia, sentido y sin.  Ab- sens entendido como ausencia de sentido

Traducción : Christian Roy Birch

                                                                                                Relectura: Carla Bianchini

                             

[1] Zeki S., (1999), Inner Vision, an exploration of art and the brain, Oxford University Press.

[2] Changeux J.-P., Raison et plaisir, Éditions Odile Jacob, 1994, (2e partie : Le regard du collectionneur).

[3] Cf. Walter P., La perception des œuvres : de la matière à la neuroesthétique, Collège de France, chaire d’innovation technologique Liliane Bettencourt (2013-2014).

[4] Imagen por resonancia magnética funcional.

[5] Agradezco a Nicolas Tourre que me haya informado sobre la iniciativa de Michel Paysant.

[6] N. d. T.: el neologismo “objoie” reúne los sentidos de las palabras “objeto” y “alegría” (“disfrute” o “dicha”).

[7] Changeux J.-P., op. cit., p. 41.

[8] Lacan J., El seminario, Libro 7, La ética del psicoanálisis, Buenos Aires-Barcelona-México, Paidós, 1990, p. 262.

[9] Ibid., p. 287.

[10] Ibid., p. 300.

[11] Ibid.

[12] Kant M., Crítica del juicio, Primera parte, Crítica del juicio estético, Primera sección, Analítica del juicio estético, Primer libro, Analítica de lo bello, § 2.

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