Eugenio Díaz – Las neurociencias, una política de reducción del sujeto a un “autómata probabilístico”

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Los informes neurocientíficos (1) dicen querer proporcionar una síntesis integral de los factores biológicos causantes de los problemas humanos y encontrar soluciones a ellos, pero en su lectura se desvela toda una política de civilización que quiere reducir, cuando no eliminar, cualquier rastro de subjetividad.

Esta lógica problema-solución, junto con la equivalencia neuro-sujeto, tienen efectos de estigmatización, desresponsabilización, y en consecuencia de segregación (a veces la más radical) (2) y adoctrinamiento feroz.

Así “… en la perspectiva reduccionista -señala el médico y biofísico Javier Peteiro- hay un riesgo serio de eludir la auténtica cuestión de la libertad y la responsabilidad humana y el papel que en su configuración tiene una educación marcada por el ideal conductista.” (3)

No hay día que no aparezcan en los medios y redes, noticias sobre el supuesto descubrimiento de tal o cual gen o conexión neuronal, causante de conductas o afectos, desde el consumo de drogas, hasta el amor, la obesidad, la tristeza o “la intensa alegría”. En una ingenua (aunque no inocua) correspondencia, que algunos epistemólogos y genetistas han desmentido, que hace del mínimo malestar subjetivo un síndrome o un trastorno de base y causa neurobiológica, y que busca reducir al ser humano a un “autómata probabilístico”. Es decir, un ser cuyos estados mentales son funcionalmente isomórficos a una tabla de la “Máquina de Turing”, como modo de gobernar cualquier comportamiento.

Entonces, el término neurociencias no es para nada inocente en el intento de la tecno-ciencia y su aliado el mercado –“a los que la psicología no sólo abastece sino que se muestra deferente a sus estudios”- (4) de liquidar todo lo que no es controlable: la pulsión, el deseo, el inconsciente, el goce. Manteniendo al sujeto en una oscuridad en relación a su lectura del mundo (del goce). O aún más buscando “producir incesantemente dicha oscuridad”, (5) por tanto sin reflexión, ni acción posible sobre su goce.

El psicoanálisis por su parte no retrocede en su apuesta por la escritura del inconsciente que no puede reducirse a cerebro alguno y que permite al parlêtre un lugar propio en el mundo -desde lo irreductible de su síntoma, que es índice de su goce- y en ello la posibilidad de un lazo social.

  1. Ver, por ejemplo el informe de la OMS: Neuroscience of psychoactive substance use and dependence, Washington, D.C: OPS, 2005 y un desarrollo crítico del mismo, E. Díaz, “Neurociencias del consumo y dependencia de sustancias psicoadictivas”, Freudiana 43, 2005, págs.57-62.
  2. J.-C. Milner, Les penchants criminels de l’Europe démocratique”, Verdier, 2003.
  3. J. Peteiro, El autoritarismo científico, Miguel Gómez ed., Málaga, 2011.
  4. J. Lacan, “Posición del inconsciente” (1964), en Escritos II, Siglo XXI, 1984, p. 811.
  5. G. Anders; Nosotros los hijos de Eichmann, (1988), Paidós, 2001, p. 29.
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