Elena Usobiaga Sayés – El autista y el cerebro

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¿Cómo poder diferenciar si un niño que no habla y no se relaciona es autista o no?

En mi experiencia hay un fenómeno que “separa las aguas” entre el autismo y los trastornos cerebrales: La Transferencia.

Durante años he convivido con niños con trastornos cerebrales graves, que al inicio parecían confundirse con cuadros de autismo. Sin embargo, no tienen nada que ver. A partir del establecimiento de una relación transferencial, cuando se pone en juego la demanda del niño, cuando aparece la alegría del que se siente entendido en su dificultad… nada que ver con el autismo. Recuerdo un niño con el que a partir de este punto, pudimos enfocar el trabajo hacia un diagnóstico de trastorno orgánico. Se trataba de una afasia, a consecuencia de un tumor cerebral congénito, en aquel momento sin diagnosticar. Aprendió después a hablar con lenguaje de signos, a jugar… Nunca más se aisló.

Sin embargo, un autista te hace sentir que su relación peculiar con el lenguaje no tiene nada que ver con la afasia.

Están los que no hablan nunca y los que hablan, poco, o mucho. No es por casualidad que se describe «la inversión pronominal» como una de las características de su lenguaje. Y es que, de alguna manera, para muchos autistas el lenguaje que recibimos del Otro se queda como exterior a ellos, no se acaban de apropiar de él, no llegando a poder hablar nunca en primera persona. Podríamos decir más bien que no pueden hacer “la inversión pronominal” que supone apropiarse del “mensaje que recibe del Otro de forma invertida”. (1). Beñat me lo enseñó bien. Cada vez que tenía sed, decía: “Quieres agua?”, “¿Quién quiere agua?”, respondía: “Beñat”, Y… “¿Quién es Beñat?”, respondía: “Yo”, “Quieres agua, ¿Beñat?” “Sí”, pero cada vez tenía que reiniciar esa vuelta.

También con respecto a la incorporación del concepto tiempo. Julen, un chico autista, puede repetir la misma pregunta a lo largo del día: «Y mañana ¿vamos a la hamburguesería?» «¿Hoy es mañana?» Necesita que se lo repitan una y otra vez. La falta de introyección impide que se apropie de ello.

Pero es que lo que caracteriza fundamentalmente al autista es su rechazo radical “a pasar por el Otro”, por la demanda del Otro, y apropiarse del “Tesoro de los significantes» (2).

Y eso sí que está en el centro de la “peculiar” relación trasferencial del autista.

En la película «Le monde de Theo», la madre del niño lo transmite con absoluta claridad: «Desde el principio noté el rechazo de Theo, hasta físicamente». Rechazo que se extiende a todos los demás. Nos cuenta cómo se las arregla para encontrar la manera: «no desde lo más emocional –que él rechaza–, sino de una manera más fría…, sin forzarle».

En la película también aparece claramente algo que la madre había percibido desde el inicio: su fragilidad. Este momento –que ella llama momento regresivo–, es un momento de ruptura, y es verdaderamente duro ver cómo Theo va perdiendo todo lo que había adquirido, cómo se va quedando sin habla y se va aislando más, hasta llegar a un punto en que su madre dice no saber ya dónde está.

Es entonces cuando encontramos el autismo más duro y aislado, con todas sus características –incluidas las estereotipias y balanceos–, que hablan de lo “en su mundo” que están y los rituales como modo de acercarse al mundo exterior, sin sorpresas.

Mi experiencia conviviendo con autistas está bien reflejada en esta película: ¡olvídate de lo que crees que hay que exigir a un niño o lo que crees saber de niños!

Aprendí a esperar, a escuchar aún sin palabras, a encontrar las claves para entender sus dificultades y “sus comportamientos”, a hablar “su lengua” y cuando aceptas esto que es fundamental, es porque ya te ha dado un lugar, y a partir de ahí, ya te puedes orientar con él. En ocasiones, como en el caso Theo, sucede un momento mágico. La reaparición del lenguaje, vivido como renacimiento. ¡Y cómo no! Y su apertura al mundo a través de un sistema tan previsible como el ordenador. Es una delicia ver cómo un caso tan grave de autismo, como el de Theo, puede recuperar el lenguaje, “la vida”, e incluso hacer un mundo de relaciones.

Y estos momentos, tanto los de ruptura, como los de reapertura, no hay neurotransmisor que haga estas “conexiones y desconexiones”. ¡Por eso son tan poco útiles los psicofármacos con ellos!

¡Ah! Un dato.  Trabajando como directora médica de APNABI (3), participé en un Estudio de investigación con el Departamento de Genética de la Facultad de Biología de la UPV. El resultado fue contundente. De alrededor de 300 pacientes que intervinieron en el estudio, sólo aparecieron unos pocos con trastornos genéticos: ¡aquellos que no eran autistas!

¿No les parece curioso?

Quizá es más fácil pensar que un niño tiene “un gen alterado”, que aceptar el impacto y el cuestionamiento que produce la radicalidad del rechazo de un niño en algo tan básico, como “engancharse al Otro”.

1 El Seminario III. Las Psicosis. J. Lacan. Pg 57. Ed Paidós.

2 Subversión del sujeto y dialéctica del deseo. J.Lacan, Escritos 2, pag. 796. Siglo XXI editores, sa.

3 Asociación de Padres de Niños autistas de Bizkaia

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