Blanca Fernández – Miembro ELP – Dostoievski y la dopamina”.

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Raro es el periódico que no cuenta actualmente con secciones dedicadas a divulgar los avances científicos, cuyo interés resulta diverso, dado que a menudo priman en ellos un positivismo sin fisuras. El problema aumenta cuando tratan de explicar el comportamiento humano mediante los genes o la cuantificación de las sustancias que se liberan en el organismo, eludiendo o limitando la responsabilidad de los actos. 

Hace unas semanas me topé en el diario El País con un artículo titulado “Por qué jugamos si lo más probable es perder” (2). Captó mi atención porque ilustraba el tema aludiendo a Fiódor Dostoievski y su obra El jugador (1866). 

El autor sostenía que, pese a que Dostoievski conocía bien la psicología humana y las escasas probabilidades de ganar en las apuestas, no pudo sustraerse al embrujo de su adicción (en su caso la ruleta), como atestiguan las cartas dirigidas a su mujer, para continuar diciendo que el juego produce una gran excitación, con el consiguiente incremento en la producción de dopamina, que aumenta el placer de los actos compulsivos o adictivos y, por tanto, su reiteración.

Desde el psicoanálisis, las cosas se explican de otra manera. Freud, contemporáneo de nuestro autor, escribió un ensayo más atinado para esclarecer la génesis de su afición: Dostoievski y el parricidio (3) (1928 [1927]), que consta de dos partes bien definidas. La primera trata del carácter del autor en general, mientras que en la segunda, más interesante para nuestro propósito, analiza su pasión por el juego interpretándola a través de una obra de Stefan Zweig titulada Veinticuatro horas de la vida de una mujer, desde la que plantea la delicada cuestión de las relaciones entre el juego, el onanismo y la madre. En ella se narra el encuentro en un casino entre una mujer de 42 años, que queda fascinada por la visión de las manos de un joven que parecían traslucir, con una intensidad conmovedoras, todas las sensaciones del jugador desdichado” (4). La alusión a las manos no es casual, puesto que Freud sostiene que el onanismo es sustituido por el juego, como apuntaba en una carta a Fliess de 1897, en la que argüía que aquél era la adicción primordial, de la cual son sustitutas todas las posteriores. Se establece así la clásica relación entre goce autoerótico y adicción. 

Otros datos importantes sobre su afición al juego, que ocurrió en la época en la que Dostoievski vivió en Alemania, los conocemos por las cartas del propio autor en las que dice que el juego era importante por sí mismo, y que siempre permanecía junto a la ruleta hasta quedar totalmente arruinado. Estas referencias, que son destacadas por Freud, podemos unirlas a la de Lacan del Seminario 16, cuando manifiesta que “todo descansa en la simple observación de que lo que se apuesta al comienzo está perdido” (5). Se puede entender entonces el efecto que la pérdida tuvo en la producción literaria del autor, ya que sus grandes obras surgían después del quebranto económico, que propiciaba la expiación de la culpa y despejaba la inhibición, hasta que comenzaba un nuevo ciclo repetitivo.

La experiencia adictiva queda lejos de poder explicarse negando la dimensión pulsional. La adicción es una repetición de lo mismo, una visión de la eternidad, un círculo del infierno. Como leemos en el último capítulo de El jugador, el “hoy es demasiado tarde, pero mañana”(6)

  1. bfernandez@uma.es
  2. Daniel Mediavilla: “Por qué jugamos si lo más probable es perder, En El País, 15 de diciembre de 2018.
  3. Freud, S.: Dostoievski y el parricidio. Obras completas. Buenos Aires, Amorrortu,1992. Tomo 21, pp.171-191
  4. Citado en Freud, Op. Cit., p. 189.
  5. Lacan, J.: El Seminario. Libro 16: De un Otro al otro. Buenos Aires, Paidós, 2008, p.115.
  6. Dostoievski, F.: El jugador. Madrid, Alianza Editorial, 2014. Trad. Juan López-Morillas.
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