Soledad Bertrán – El cerebro conectado

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En 2018 se estrenó la primera temporada del documental francés Humanos 3.0 (1), con los capítulos El hombre conectado, El hombre reparado y El hombre inmortal. Me referiré al primero de ellos, que comienza con una frase contundente: «Los programas colmarán todos nuestros deseos. La Inteligencia Artificial colmará nuestros anhelos». La promesa resultará, para muchos, tentadora. Lo interesante es el caso del hombre colmado que se muestra a continuación: Chris vive desde hace ocho años conectado a cuatro pulseras electrónicas que controlan todas las mañanas su pulso, temperatura, calida del sueño, actividad sexual… sensores que le garantizan «bienestar y buena salud», de la que él ya gozaba. La asistente virtual Alexa registra sus indicaciones, y una cámara hace fotos cada cinco segundos de todo lo que le rodea. Todo ello, explica la narradora, «da sentido a su vida, le pone orden». Vida que, para Chris, «ya no es un misterio». 

Lo que para este hombre parece ser un anudamiento que le permite tener un cuerpo y hacerse un lugar en el mundo, se propone desde la comunidad del Quantified Self como un universal, basado en el «derecho humano a participar en la ciencia» (2). Se extiende así un nuevo mercado en el que millones de personas ya lo han monitorizado todo, para tener información tanto de sus constantes vitales como de su estado mental: «en un mundo estresante, es útil saber si estamos muy nerviosos y somos bipolares, o si vamos muy despacio y se debe a que estamos deprimidos», narra un «experto» en el documental. Detrás de esta propuesta se alza la Universidad de la Singularidad (3), financiada por Google, cuyo gurú anunciaba que para el 2030 los sensores conectados al cerebro permitirán retrasar el envejecimiento y conectar el cerebro a la nube. Para su director, el hecho de que todos lleguemos a estar conectados se traducirá en un nivel de empatía mayor, que difuminará las diferencias de género o culturales… Se trata aquí de una concepción del cerebro que niega la pulsión. 

En un mundo en el que «una de cada cuatro personas tendrá problemas de salud mental», qué mejor que una psicóloga virtual, diseñada por un «genio informático» para ayudar a las personas con depresión. Esta máquina, cuyos beneficios explica un comercial, detectaría al usuario que quisiera tirarse a la vía del tren y enviaría un mensaje al terapeuta -carnal- para que «interviniera en la conversación». Una empresaria canadiense, presidenta de un instituto de Salud Mental, ha apostado por este tipo de inteligencia artificial que «aporta lo que le falta al ser humano: coherencia y rigor». De eso se trata, de intentar evitar el fallo, el inconsciente. Por ello, los intervinientes del programa de ayuda de este instituto a refugiados sirios explican que «hay que evitar que la conversación tome un rumbo no deseado, que Tess -la psicóloga virtual- no les recuerde su doloroso pasado, como que tal persona de su familia está muerta». Pero los psicoanalistas sabemos, como escribe Gustavo Dessal en el blog, que «el azar del inconsciente consiste en el hecho de que la palabra que habrá de ser dicha no puede predecirse, pero una vez pronunciada se demuestra que no podía ser otra» (4). ¿Cómo hará Tess cuando pregunte ‘¿Qué tal?’ y la respuesta sea ‘mal desde que murió mi hermano’? O cuando diga ‘buenos días’ y obtenga un ‘No tan buenos porque…’. 

Para el Big Data, el objetivo de maximizar los resultados en salud -física y mental- minimizando los costos, pasa por conseguir toda una serie de datos «sin interrogar al paciente». Con la imagen de fondo de un enorme cerebro, el experto reza: «Tenemos que crear una máquina que nos haga más humanos». 

Referencias

(1)https://www.documaniatv.com/ciencia-y-tecnologia/humanos-30-1-el-hombre-conectado-video_0e555e146.html

(2) https://quantifiedself.com/

(3) https://su.org/

(4) Dessal, G. «Un ejemplo de estupidez artificial»: https://www.pipol9.eu/2019/01/22/gustavo-dessal-un-ejemplo-de-estupidez-artificial/?lang=es

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